Quizás la postura de Hitler contra la caza, que provenía de su amor a la naturaleza, la tengamos reflejada en una anécdota, un tanto jocosa, pero que nos muestra por otra parte la personalidad de Hitler frente a este problema. Dice Hoffmann: - Al levantarse por la mañana en el Berghof, Hitler bajaba directamente a la terraza del piso bajo. Allí, en aquel preciso momento, contemplaba un espectáculo único: dos águilas enormes trazaban en su vuelo, círculos en el cielo. Hitler las vigilaba con sus gemelos. Pero un día, consternado, no vio más que un águila sola ¿Qué había sido de la otra? Ninguna respuesta pudo colmar su ansiedad. Durante varios días, se discutió sobre aquello, a su alrededor. Sabíamos que le tenía muy preocupado la desaparición de aquella águila. Algún tiempo después, decidió volver a Obersalzberg a pasar su cumpleaños. Nuestro grupo salió de Munich. A cincuenta kilómetros de la llegada un rápido coche se acercó a nosotros, viniendo en sentido contrario y a pesar de la velocidad con que nos cruzamos, Hitler observó que una gran ave disecada, con las alas abiertas, iba colocada en el asiento trasero. Detuvo la comitiva:
- Creo que es mi águila - gritó. El comandante de escolta, a las órdenes del Standartenführer Rattenhuber tuvo que dar la vuelta y alcanzar aquel coche.
- Si estoy en lo cierto, nos decía Hitler, les prometo que esos miserables van a sufrir un castigo ejemplar. Lo mismo que el destinatario del regalo.
La cólera que se traslucía en su rostro no presagiaba nada bueno. Una hora después, el auto del comandante volvió a toda marcha. Nos paramos y acudió Rattenführer:
- Tenía razón, mi Führer. Era el águila de las montañas.
- ¿Su destinatario? - interrogó Hitler con voz amenazadora. Rättenhuber vacilaba. Y al final dijo, sin embargo:
El águila ha sido remitida a vuestra residencia de Munich en la Prinzgerenstrasse. Está montada sobre un zócalo de mármol que lleva esta inscripción: A nuestro bienamado Führer. Recuerdo de sus montañas 20 de abril, del grupo local del Partido NSDAP. Berchtesgaden". La anécdota, pese a su humorístico final pone de manifiesto no sólo la sensibilidad de Hitler como amante de la naturaleza, sino también el lamentable hecho de que debido a la falta de una labor educativa adecuada, la gente de la calle no es consciente de lo inhumano de la caza y así son capaces de matar más y más animales sin ser conscientes de su salvaje acción.
Hitler comentaba: - El elemento más simpático en la caza es el animal, después el cazador furtivo. Él por lo menos pone su vida en peligro. El último tipejo puede declarar la guerra a un corzo. La lucha es demasiado desigual entre un fusil de repetición y un conejo que no ha progresado desde hace tres mil años. La caza no es un deporte popular. Si fuera cazador ello me perjudicaría más ante mis partidarios que una batalla perdida", siendo el tema de la caza uno de los más frecuentes. Hoffmann nos dice lo siguiente: “HitIer detestaba la caza. Hablar de ella era uno de sus temas favoritos. Si Goering, el Montero Mayor, se encontraba en sus proximidades, se complacía en mofarse del arte cinegético.
“Como profesión, no tengo nada contra la caza - afirmaba.
Mas hoy la caza se ha convertido en una moda; todo funcionario del partido siente la necesidad de pertenecer a algún sindicato o grupo de cazadores, con objeto de inmolar sin hacer distingos a todos los animales de la tierra que han quedado reducidos al silencio.
- Goering no estaba de acuerdo. Defendía el punto de vista del cazador alemán, al que presentaba como protector de los bosques. Hitler bromeó:
- Sí, es cierto. El cazador protege y defiende a los desgraciados animales hasta que llega el momento en que cree que ha de matarlos. El ojeador advierte a su amo acerca del momento y el lugar en que el animal hará su aparición, entonces el amo, cómodamente instalado detrás del anteojo espía a su víctima para asesinarla. Después, el glorioso cazador, vuelve a casa llevando la presa.
Pero nuestras nuevas leyes sobre la caza prohíben la matanza sin discriminación -discutió Goering. Además, el verdadero cazador encuentra mayor placer en atacar
a los animales salvajes.
- Y bien - contestó Hitler entonces, ¿por qué no siguen el ejemplo del duque de Windsor? Le he preguntado si le gustaba la caza. Le gusta, en efecto... pero no con una escopeta: no lleva más armas que su cámara fotográfica.
“A Göring le quedaban todavía otros argumentos. ¿No tenía, acaso, la caza una importancia política? Los diplomáticos extranjeros se mostraban siempre encantados de aceptar una invitación para una cacería y los problemas parecían menos arduos cuando eran discutidos en un coto de caza que cuando lo eran alrededor de una mesa de conferencias.
Hitler admitió que tal vez existiera una especie de francmasonería del bosque.
- No sé nada de la caza - repitió - Ahora bien, si la muerte de los animales puede contribuir a mejorar las relaciones políticas, pondré con mucho gusto mis cotos a la disposición de nuestros huéspedes extranjeros.
Hitler había pronunciado tales palabras en un tono sarcástico lleno de desprecio.
- Además, aplaudo al cazador furtivo. Sabe mucho más acerca de la naturaleza que todos vuestros cazadores domingueros. Es audaz y valiente, con dinero seguiría cazando por su propia satisfacción.
- ¡Usted bromea, mi Führer!
- ¡Al diablo las bromas! Si usted se llama cazador, ¿por qué no combate con un animal salvaje con armas iguales ¡Sí señor Montero! Si yo le viera a usted matando un jabalí con una lanza, no dejaría de felicitarle. Y si ese viejo editor, el gordo Müller, atrapara con sus manos y a la carrera una liebre, le felicitaría por sus aficiones deportivas. Siento el mayor respeto por el hombre que hace frente a un tigre en la selva, pero ninguno hacia los Nemrod que se aprovechan de la época de celo para sentarse junto a un árbol y abatir un animal confiado que hace el amor a su hembra.
"Estaba fuera de sí. A partir de hoy -gritó-, prohíbo a todo miembro del Partido, si estas actividades no forman parte de su profesión, que acepte o haga una invitación para ir de caza. Encargaré al Ministro de Justicia que disminuya las multas por caza furtiva y ordenaré a Himmler que ponga en libertad a todos los cazadores furtivos que están detenidos, y que forme con ellos un cuerpo escogido de guardas de caza que proteja a los animales salvajes".
Diversas medidas contra la caza tuvieron a Hitler por gran impulsor. El jefe, de Prensa del Reich. Otto Dietrich, nos dice en la obra ya mencionada: "Durante los últimos años de la guerra prohibió, de pronto, toda clase de artículos en la prensa que hicieran referencia a la caza".
Por último, y a fin de no repetirnos sobre el tema, citaremos unas palabras de Albert Speer, otro de los miembros del círculo íntimo de Hitler: "La pasión que Goering sentía por la caza era uno de sus temas preferidos:
- ¿Cómo podrá una persona entusiasmarse por una cosa así? Matar animales cuando hay que hacerlo es cometido del matarife. Pero gastar encima montones de dinero... Comprendo perfectamente que tiene que haber cazadores profesionales para rematar a los animales enfermos ¡Si al menos el ejercicio de esta actividad encontrase algún peligro, como en las épocas en que se cazaban animales salvajes empleando lanzas... ¡Pero hoy, cuando todos, aunque tengan una buena barriga, pueden derribar con toda seguridad a un animal desde lejos... La caza y las carreras de caballos son los últimos restos de un mundo feudal ya extinguido".

Si tenemos en cuenta que tanto Hoffmann, como Dietrich o como Speer y en general todos los del círculo íntimo de Hitler, preceden a las palabras de Hitler sobre la caza las de que era uno de sus temas preferidos, podremos ser conscientes de la importancia que Hitler concedía a la lucha contra ese bárbaro y cruel deporte.
El que fue amigo de juventud de Hitler - ya mencionado - August Kubicek nos explica en su libro su sorpresa por la importancia que Hitler concedía a los más pequeños detalles: Entre otros, nos cita el caso, para él insólito, que se produjo con motivo del 80 aniversario de la madre de Kubicek. Hitler la conocía pero, al igual que a su amigo, no la había visto desde los años juveniles en Viena, cuando Hitler tenía 17 años. Sin embargo Hitler tenía la costumbre, en aquella época, de terminar sus cartas con saludos para la madre de Kubicek.
En 1933, Kubicek escribió a Hitler, cuando éste fue nombrado Canciller. Se vieron en un par o tres de ocasiones, especialmente en los Festivales wagnerianos de Bayreuth a los cuales invitó Hitler a su amigo de juventud. La guerra impidió una mayor relación entre ambos; sin embargo, nos cuenta Kubicek la sorpresa que tuvo su madre cuando, en 1944, recibió de Hitler un paquete conteniendo alimentos - tan necesarios en aquella época - el día de su 80 cumpleaños.
El que el hombre más poderoso de la tierra, entonces con todos sus ejércitos en retirada y con miles de problemas, tuviese tiempo para acordarse de la madre de Kubieck y de tantos otros pequeños detalles, sin perder por ello el control de la situación militar, es una prueba de la capacidad de Hitler, que sabía que, pese a la difícil situación por la que atravesaba su país, no podía olvidarse el alma por el hecho de que tuviese que defenderse el cuerpo. Hitler quiso que los conciertos siguiesen su habitual periodicidad, pues aunque él mismo, gran aficionado a la música en general, se autoprohibió la asistencia a los mismos para compartir en la medida de lo posible las penalidades de sus soldados, quiso que ese necesario alimento espiritual estuviese al alcance de todos.
Esta faceta de la personalidad de Hitler es la que nos hace comprender que en plena guerra prohibiese los artículos sobre caza en la Prensa, o que hasta el último momento mantuviese unas cartillas de racionamiento para perros. Hitler sabía que aquellas personas que poseían animales domésticos no los iban a matar simplemente porque estaban en guerra. Comprendiendo su situación, quiso evitar que los poseedores de animales domésticos tuviesen que renunciar a una parte de su propio sustento para alimentar a sus animales y para no añadir una penalidad más a la guerra en sí, instituyó las cartillas de racionamiento para perros, caso insólito y que fue criticado por algunos sectores.
Nos dice Otto Dietrich: "Muchas veces, en tiempos de paz habló apasionadamente en favor de la protección de los animales. Sentía compasión por los animales a los que atribuía una cierta capacidad de pensar... una compasión que jamás sintió por los seres humanos. Le llenaban de ira los malos tratos a los animales", estas palabras, que, como se desprende de su contenido, son propias de un enemigo de Hitler, nos muestran sin temor a equívocos que el amor por los animales que sentía Hitler era auténtico, reconocido por sus enemigos, que procuraban desfigurarlo demagógicamente. Se elaboró en el III Reich una legislación de protección a los animales inspirada por Hitler, persona que, ya desde pequeño, sentía veneración y respeto por ellos. Nos explica Kubicek que ya a sus 16 y 17 años Hitler sentía un amor ilimitado hacia la naturaleza en medio de la cual se hallaba como en su propio ambiente, por otra parte nos explica asimismo Kubicek que ya en aquellos tiempos hablaba de la deficiente actuación de las sociedades protectoras de animales que permitían que los perros San Bernardo fuesen utilizados para tirar de los carros de la leche, lo cual era agotador e indignaba al futuro Führer de Alemania.
A lo largo de su vida, Hitler poseyó una gran cantidad de animales, casi en su totalidad perros, aunque, según su secretaria, tuvo también un gato llamado "Peter" que ésta le regaló y por el que Hitler sintió pronto cariño aunque habitualmente no le gustasen los gatos por su afición a cazar pájaros. Pese a ello decía: "Decimos que los gatos son juguetones. Quizá piensen ellos lo mismo de nosotros. Nos aguantan todo lo que pueden y cuando están hartos de nuestras niñerías, nos largan un zarpazo".
Otto Dietrich en 1937 nos dice: “Frente a la casa, ahora como antes, se oyen los murmullos de la vieja fuente que baja de los prados empinados del monte y a los tres mastines, Muck, Wolf y Blondi, como buenos amigos del Führer, le dan guardia segura”.
Además de éstos, sabemos que tuvo un scotch Terrier llamado “Burly”, “Foxy” un perro que poseyó durante la primera guerra mundial y "Wolfi" el último de sus fieles amigos.
En "Conversaciones sobre la guerra y la paz”, se halla explicada por Hitler la historia de su perro “Foxi”: Cuántas veces en Fromelles, durante la guerra mundial, pasé el tiempo observando a mi perro “Foxi”. “Cuando volvía de paseo con una perra enorme que le hacía compañía, le encontrábamos cosido a mordiscos. Apenas le habíamos vendado y por poco que nos distrajéramos, se sacudía aquel fardo inoportuno.
Una mosca se pone a zumbar. Foxi está tendido cerca de mí con el hocico entre las patas. La mosca se acerca. Él se estremece y la mira como hipnotizado. Su hocico se arruga, toma una expresión de viejo. De repente, ladra y se observaba en él, como si se tratara de un hombre, la progresión de la cólera que le invadía. Era un buen animal.
Cuando comía estaba sentado cerca de mí y seguía con los ojos mis movimientos. Si al quinto o sexto bocado no le había dado nada, se incorporaba y me miraba como diciendo: Y yo, ¿no estoy aquí? Es enorme lo que he querido a aquel bicho. Nadie podía tocarme sin que Foxi se pusiera furioso. No seguía a nadie más que a mí. Cuando llegó la guerra de gases, no pude continuar llevándolo a las primeras líneas. Eran mis compañeros los que le daban de comer. Cuando volvía después de dos días de ausencia, ya no quería separarse de mí. En la trinchera todo el mundo le quería. Durante las marchas corría alrededor de nosotros, observándolo todo: no se le escapaba nada. Lo compartía todo con él. Por la noche se acostaba a mi lado.
¡Y pensar que me lo robaron! Hice el proyecto, si salía vivo de la guerra, de proporcionarle una compañera. No habría podido separarme de él. Nunca en mi vida he podido vender un perro. Foxi era un verdadero perro de circo. Conocía todos los trucos.
Me acuerdo: fue antes de llegar a Colmar. - El ferroviario que quería conseguir a Foxi pasó dos veces por el vagón y me ofreció doscientos marcos. Aunque me diera cien mil no lo tendría Vd. Al bajar en Harpsheim me apercibo súbitamente de que el perro ha desaparecido. La columna se pone en marcha ¡Me era imposible quedarme detrás! Estaba desesperado. El sinvergüenza que me robó mi perro no sabe lo que le hizo.
Fue en enero de 1915 cuando le puse la mano encima a Foxi. Estaba persiguiendo una rata que había saltado a nuestra trinchera. Se defendió tratando de morderme pero no le solté. Le llevé conmigo a la retaguardia. Constantemente trataba de escaparse. Con una paciencia ejemplar (no comprendía una palabra de alemán) le acostumbré poco a poco. Al principio no le daba más que bizcochos y chocolate (estaba acostumbrado a los ingleses que tenían mejor alimentación que nosotros). Después me puse a educarle. Estaba siempre pegado a mí. En aquel momento mis compañeros no querían oír hablar de él. Yo no solo tenía simpatía por ese animal, sino que me interesaba estudiar sus reacciones. Terminé por enseñarle de todo: saltar obstáculos, subir por una escalera de mano, bajar de ella. Lo esencial es que un perro duerma siempre al lado de su amo. Cuando debía marchar a las primeras líneas y el combate era fuerte, le ataba en la trinchera. Mis compañeros me decían que no se interesaba por nadie durante mi ausencia. Hasta de lejos me reconocía. ¡Qué entusiasmo desplegaba en mi honor! Su alegría más grande era cazar ratas. Hizo toda la batalla del Somme y la de Arras. No era nada impresionable. Cuando estuve herido fue Karl Lanzhammer quien le cuidó. A mi vuelta se me echó encima con frenesí.
Cuando un perro dirige su mirada hacia adelante de un modo vago y con ojos lánguidos se sabe que las imágenes del pasado desfilan por su memoria”.
El afecto que sentía Hitler por los perros era evidente para todos los que le conocían. El mismo Goebbels, que le visitaba raramente, dice en una ocasión: "... un perrito que le fue regado recientemente jugueteaba por la habitación. El Führer adora a este perro. El can puede hacer lo que se le antoje en el refugio. Por el momento es el ser que está más cerca del corazón del Führer - y la costumbre de que el perro duerma con su amo la conservó Hitler hasta el final de su vida, pues aunque habitualmente sus perros disponían de un lugar amplio para ellos, hacia el final de la guerra en una ocasión que estuvo enfermo, tuvo a su perro predilecto Blondi junto a él, siendo el animal el que le despertaba.
Casi siempre tuvo Hitler perros pastores pero nos cuenta su secretaria la historia de "Burly": dice: "Antes de la toma del poder le regalaron un scotch terrier, al cual se había aficionado mucho. La perrita era tan zalamera y cariñosa que se divertía visiblemente con ella. "Burly" que tal era su nombre, tenía todos los derechos y todo le estaba permitido: se revolcaba en los sillones y mordisqueaba los expedientes más secretos. Hitler jugaba con ella como un niño, pero hacía lo posible para entregarse a esta distracción cuando estaba lejos de toda mirada extraña”.
La historia de su otro perro Muck la encontramos también explicada por el propio Hitler “Soy un amigo de los animales y me gustan especialmente los perros. Pero no tengo ninguna afinidad con los boxer, por ejemplo. Si tomase de nuevo un perro, sólo podría ser un perro de pastor, y preferentemente una perra. Me parecería una traición encariñarme con un perro de otra raza. ¡Qué extraordinarios; vivos, fieles, audaces, valientes y bellos son estos animales!
El perro del ciego es una de las cosas más emocionantes. Está más unido a su amo que a cualquier otro perro. Si se deja distraer un momento por una perra, es por un tiempo breve y en seguida le pesa la conciencia. Las perras ya es más difícil. En la época de celo no se puede con ellas.
Durante el invierno 1921-1922 me regalaron un perro pastor. Estaba tan triste con el recuerdo de su antiguo amo que no podía acostumbrarse a mí. Decidí separarme de él. Su nuevo dueño se había alejado unos pasos solamente cuando le abandonó y vino a refugiarse a mi lado, poniéndome las patas sobre los hombros. Entonces me quedé con él.
Cuando Graf me regaló a Muck se acostumbró más deprisa. Subía la escalera con reticencia. Cuando vio a Blondi se precipitó hacia ella palpitante. Al día siguiente fue indescriptible. Un perro se acostumbra más fácilmente a un nuevo amo cuando hay ya un perro en la casa. Basta que conozca por el olfato que su amo ha tenido recientemente un perro para que sienta confianza".
Hacia el final de su vida, Hitler tuvo a su último perro, Wolfi sin que dejara por ello de poseer los anteriores. A Wolfi quiso criarlo totalmente él. Su secretaria nos explica que después del desayuno el Führer se trasladaba arrastrando los pies (era hacia el final de la guerra) al box de Blondi para prodigar al animal infinitas caricias. En marzo había tenido pequeños y Hitler había elegirlo uno de los cachorrillos para criarlo él mismo, sin ayuda de nadie. Se ponía al perrito sobre las rodillas y lo acariciaba, llamándolo por el nombre "Wolfi" con voz infinitamente dulce. En los últimos años de la guerra Hitler encontraba cada vez más en sus perros el único consuelo. Nos explica Albert Speer que al contrario de lo que era habitual antes, empezó Hitler a tornar la costumbre de comer únicamente en compañía de su perro. Nos dice Speer: "Probablemente el perro pastor desempeñara el más importante papel en la vida privada de Hitler; este perro tenía para él más importancia que el más íntimo de sus colaboradores”. Y en otro pasaje de la misma obra nos cuenta que Hitler le dijo en algunas ocasiones: “Speer, llegará un día en que no tenga más que dos amigos: la señorita Braun y mi perro".
En 1945, cuando el III Reich se derrumbaba con estrepitoso estruendo las palabras de Hitler se confirmaron en parte. La señorita Braun, con la que contrajo matrimonio el día antes de su muerte, se había desplazado especialmente a Berlín para morir con él, ambos se suicidaron cuando la ciudad estaba a punto de caer en manos de las fuerzas soviéticas. Hitler escribió en su testamento refiriéndose a su matrimonio: "Esto nos compensará a arribos de los años que he perdido en el tiempo de mí trabajo al servicio de mi pueblo”. Sin embargo antes de morir pensó también en sus fieles amigos. Pese al gigantesco e intenso drama que se vivía en aquél momento Hitler no se olvidó de sus amigos, no permitió que fuesen abandonados a su suerte y antes de quitarse su propia vida, para no caer en manos de los soviéticos y evitar así el bochornoso espectáculo de Mussolini expuesto colgado por los pies en una plaza pública, mandó que diesen muerte a sus fieles compañeros, los cuales le acompañarían en este su último viaje. Hitler acertó en parte, pues la mayoría de los miembros del círculo íntimo que rodeaba a Hitler le fueron traicionando, explicando mentiras y desfigurando la personalidad del que fue uno de los más poderosos hombres de la historia. Pero en cambio tuvo la satisfacción de saber que miles de personas a las que él no llegó a conocer nunca, dieron sus vidas por defender la idea por la que había luchado y que especialmente los jóvenes y también los niños. Fueron ejemplo en la lucha por Berlín.
Adaptación del Segundo capítulo de la obra “Hitler y los animales”.
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